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El doloroso siglo de Cruz con un final feliz

País - Marzo 28 de 2016, 11:31 am
El momento en el que Cruz conoce el mar por primera vez.

Cruz Elena Cardona Molina ya pasó los 100 años de edad. Durante su vida fue casi siempre una víctima de los violentos, pero dice que no alberga odio en su corazón.

Mónica Vengoechea/NoticiasRCN.com
 
Una cruz puede simbolizar dolor. Sacrificio. Un tortuoso calvario de nunca acabar. Pero a la vez gloria y salvación, reconciliación y paz. Por eso, que ella terminara por llamarse Cruz no pareció una simple coincidencia (ver también: Mujer de 100 años fue reparada por ser víctima de la violencia).
 
Nacer un primero de noviembre de 1915 en Jericó, Antioquia, y haber sobrevivido al último siglo de la historia de Colombia, que estuvo tan marcado por la violencia, convirtieron a Cruz Elena Cardona Molina al tiempo en testigo y víctima de esa violencia.
 
Ella es, simultáneamente, una metáfora del dolor del despojo y el perdón en este país.  
 
Corría el año 1947. Se marcaba el inicio de la lucha bipartidista en Colombia. Una guerra carnicera entre liberales y conservadores se extendía a los campos del país.
 
A los liberales les decían la chusma y a los conservadores la contra chusma.
 
Cruz, con dos meses de embarazo, corría de un lado a otro en medio de las balas que rasgaban las paredes de su casa, ubicada en la vereda Santa Teresa del Corregimiento de Palermo, en Támesis, suroeste de Antioquia. 
 
Su esposo era liberal. Por eso el ejército conservador lo buscaba. Protegió como pudo a sus animales y se fue a Jericó a refugiarse en casa de sus padres. Su bebé, nacido en el monte a fuerza de la persecución, murió.
 
Diez años después de haber regresado a la finca, donde sus gallinas, sus sembrados de café, yuca y plátano, y dos nacimientos de agua eran el máximo tesoro de su extensa familia, producto del matrimonio con el dueño de la tierra de nombre Manuel Salvador, Cruz tuvo que huir, de nuevo.
 
En esa ocasión las amenazas de muerte, que provenían de los liberales, la obligaron a asentarse en Palermo, el pueblo. Pero los 'chusmeros' (liberales) nunca le dejaron de respirar en la nuca ni de advertirle en cada encuentro el castigo que podría sufrir por ser conservadora. 
 
La lucha política contemplaba lo ideológico pero también lo primitivo. Eso pasaba cuando, por las diferencias, cada bando era capaz de quemar casas, violar y matar sin contemplación alguna.  
 
Desde la primera vez que fue desplazada hasta que pudo volver a cultivar en sus tierras pasaron 28 años. Solo hasta que el periodo de La Violencia se disolvió y llegó la génesis del Frente Nacional.  
 
Sin embargo, bajo esa aparente estabilidad política, tomaba forma en las zonas rurales del país un fenómeno de levantamiento social y doctrina comunista.
 
Se trataba de la guerrilla, florecida de la semilla del bandolerismo, que aunque se demoró en alcanzarla, la encontró a finales de la década del 80.
 
Un día después de 1987, 40 hombres del ELN se tomaron arbitrariamente la casa de Cruz para hacerla funcionar como un centro provisional de operaciones. Aún al cederles todos sus alimentos y cerrar su vivienda, para Cruz nada sería más grave que entregar a uno de sus hijos como pensó que era la intención del grupo subversivo. 
 
Pero la amenaza del reclutamiento de un hijo tampoco fue lo peor. Gabriel, otro de los varones traídos al mundo entre los 12 hijos que concibió con su esposo, murió poco después a manos del Ejército de Liberación Nacional. Dicen que por su ideología extremadamente goda.
 
Entonces reapareció el fantasma del desplazamiento para Cruz. Esta vez su hija, Dioselina, se la llevó a Medellín. 
 
Pero Cruz, mujer trabajadora, acostumbrada al aire puro del campo, no se amañó. Así fue como en 1990 volvió a Palermo con lo que quedaba de su parentela. Dos años después, un ELN más fortalecido, sobre todo en acciones terroristas, desató el miedo en la región. A Cruz no le quedó más remedio que adaptarse a la gran urbe.
 
Una vez establecida con su hija Dioselina en el barrio San Germán de Medellín, las milicias populares hicieron su aparición.
 
Los cobradores de vacunas tocaron la puerta de la casa de Cruz y su hija de modo tan insistente e intimidante que la situación se volvió invivible. 
 
Ambas, con sus pertenencias y parientes a cuestas, migraron a otras zonas de la capital antioqueña, igual o más acechadas por estos  grupos formados por guerrilleros desarticulados e integrantes de bandas delincuenciales. 
 
Fue entonces cuando tomó la determinación de mudarse de la Estación Acevedo a  un lugar cercano en el municipio de Guarne. 
 
El año que pasó sin correr de un lado para otro fue como una especie de tregua. 
 
Cruz y su hija Dioselina recobraron las fuerzas y se fueron a vivir al corregimiento de San Antonio del Prado, en Medellín, en el barrio El Limonar. 
 
Pero como un monstruo que nunca dejó de hostigar a Cruz, ni en sus peores pesadillas, volvieron los problemas. 
 
Hombres del bloque paramilitar Cacique Nutibara pusieron sus ojos en su yerno y en la buseta que compraron para buscar el sustento. 
 
La mañana que el esposo de su hija llamó para avisar que el vehículo había sido retenido por los 'paras', Cruz supo que debía salir de ese lugar. Huir de nuevo.
 
El barrio San Germán de Medellín se convirtió por segunda vez en el albergue de esta mujer y su familia, que ya completaba 80 de sus casi 100 años huyendo del conflicto armado. 
 
El esposo de Cruz falleció y a lo largo de casi un siglo de vida esta mujer vio cómo, uno a uno, diez de sus hijos iban partiendo también de su lado. Hoy sobreviven dos de ellos. 
 
En marzo de 2010, la Unidad para la Reparación a Víctimas en Antioquia hizo posible el regreso de Cruz Elena Cardona Molina a su hogar: la finca de Palermo en Támesis, suroeste de Antioquia, que le fue arrebatada tantas veces por ese desalmado verdugo llamado guerra. 
 
Sin embargo, el final feliz de la historia de Cruz no se consolidó solo con la restitución de sus derechos como víctima del desplazamiento forzoso al devolverle su propiedad e indemnizarla por vía administrativa a ella y a su hija. 
 
Más allá de lo que la reparación integral de la que Cruz y Dioselina fueron sujetos por ley, la ejemplar decisión de perdonar y dejar el pasado atrás hacen del de esta centenaria un caso sui generis. 
 
"Dios me concedió tiempo extra de vida y no quiero vivirlo con rencores, lo único que quiero es conocer el mar y morir tranquila", sentencia Cruz cuando habla de su impresionante cronología de desarraigos y peregrinajes.
 
"Nosotros hemos dicho, venga, hay que perdonar, la de Cruz Elena es una historia de resiliencia que ha marcado sus años de vida. Ella vive sin odios y sin resentimientos, cuenta su historia con una frescura con mucha fe, esperanza y ganas de salir adelante. Cruz no somatizó increíblemente los rigores de la guerra", interpreta Jorge Mario Alzate, director de la Unidad para la Reparación a Víctimas de Antioquia, sobre la capacidad natural y voluntaria de perdonar y sobreponerse a los traumas vividos durante su juventud y madurez.
 
Y como si Dios y la vida no tuvieran más saldos pendientes con ella y solo le depararan momentos llenos de paz en recompensa a ese espinoso camino que ha recorrido hasta hoy, el viaje para encontrarse por primera vez con el mar se hizo realidad.
 
Gracias al esfuerzo de la empresa privada, el Gobierno y un renombrado periódico de Antioquia, ella pudo cumplir su sueño.
 
Fue en San Andrés Islas. Frente al mar de los 7 colores. En una especie de ritual íntimo, silencioso y pleno de felicidad, según lo describió su hija Dioselina.
 
"Le impactó el mar, decía que era muy lindo y que no se imaginaba ese poco de agua", agrega su hija.
 
Al perder su mirada en el interminable horizonte del mar Caribe y sumergir sus rodillas en sus cálidas aguas, esta víctima de la violencia del país de seguro terminó de cicatrizar sus heridas. Con una última frase, llena de inocencia y a la vez de sabiduría, resume casi un siglo de estar llevando sobre su cuerpo y su alma una pesada cruz que ya puede descargar.
 
"¿Será que me voy a morir ya? Ahhh… ¡pero ya qué! Si entre todo lo malo, la pasé muy bueno".
 
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