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Sympathy for the travels: así fueron los dos conciertos de Rolling Stones en México

Gente - Marzo 24 de 2016, 12:18 pm
México fue la siguiente parada de la banda tras su paso por Colombia. Foto: EFE

La historia de dos viajeros colombianos que sin boleta o dinero lograron ver en vivo a sus Satánicas Majestades. Crónica de un sueño de 20 años.

Travelin man 
 
Las redes sociales estallaron en Colombia. Los Rolling Stones habían hipnotizado a un público de 40 mil personas en nuestro país, en nuestra casa, y nosotros no estuvimos para vivirlo.
 
El momento que habíamos anhelado durante toda una vida escuchando rock n roll pasaba a la historia en forma de selfies, videos y comentarios de felicidad de todo tipo en internet.
 
Pero nosotros no estuvimos. Habíamos dejado todo para cumplir nuestro sueño de recorrer el mundo. El día del concierto habían pasado casi 20 meses desde que salimos de casa conduciendo y viviendo dentro de una camioneta.
 
Estábamos en México, a más de 20 mil kilómetros de distancia por carretera, mientras la leyenda viva del rock tocaba en la tierra que nos vio nacer. 
 
Nos quedaba una esperanza. O mejor aún, dos esperanzas. La siguiente parada de los Stones, luego de su paso por Bogotá, eran dos fechas en Ciudad de México.
 
Para esos dos conciertos  en el Foro Sol de la capital mexicana se habían vendido 130 mil entradas en un par de días. La posibilidad de estar frente a los ancianos rockeros iba a ser una odisea.
 
Pero ya estando allí, la frase ‘no se puede’ no entraba por nuestros oídos. Íbamos a intentarlo hasta el último minuto.
 
“No siempre puedes conseguir lo que quieres
pero si lo intentas algunas veces
podrías encontrarte
consiguiendo lo que deseas”
 
 
You can’t always get what you want
 
Conseguir entradas en puntos de venta oficiales era una tarea imposible. Los gráficos en las páginas web de distribución de boletos dejaban ver aún algunos espacios disponibles, pero a un precio que rozaba los mil dólares cada uno, inalcanzable para nuestro presupuesto viajero. 
 
Cerrada esa posibilidad, decidimos emprender una estrategia: acudir a los medios de comunicación que estuvieran hablando o haciendo especiales de los Stones. “Esos siempre regalan boletas”, decíamos.
 
Ya nos imaginábamos en las páginas de los diarios, en la televisión o en la radio. “Pareja de colombianos viaja en carro hasta México para ver a los Rolling Stones”, dirían los titulares. Alguna revista publicaría “Así cumplimos el sueño de dos jóvenes rockeros colombianos de ver a sus Majestades Satánicas”. 
 
Incluso un día nos enteramos que había un especial de los Stones en una emisora de radio y hasta allá llegamos, cinco días antes del concierto. Esperamos cuatro horas afuera de la estación, con un frío que congelaba los huesos y oyendo el especial en la radio del vigilante.
 
A la cuarta hora salieron dos productores, nos explicaron que no se puede, que no sé qué y que bla bla bla. Nos despacharon con un par de bolsas con el logo de la estación, que contenían un lapicero, un termo, un corazón de plástico que alumbraba al apretarlo y dos cds de Mariah Carey que regalamos sin siquiera destaparlos. 
 
Ni twitter, ni Facebook, ni correos… nada! Para ver a los Stones se cumplía al pie de la letra la máxima del cover de Money de Barret Strong que grabaron en su primer demo en el año 64. 
 
“Las mejores cosas de la vida son gratis, 
se las dejo a los pájaros y a las abejas
yo lo que quiero es dinero (eso es lo que quiero)”
 
Try a little harder 
 
Un día partimos de casa en un carro con el sueño de viajar por el mundo. 586 días después nos despertamos en ciudad de México, desayunamos, salimos a la parada del bus, tomamos un camión hasta la estación Sevilla del metro y de ahí un metro hasta la estación Ciudad Deportiva. Bajamos unas gradas, caminamos una cuadra y llegamos al Foro Sol.  Sin boleta y con el cambio a pesos mexicanos de 75 euros que atesorábamos desde nuestro regreso de Cuba para una ocasión especial. 
 
Lunes 14 de marzo de 2016, 1:00 p.m. Luego de varios días helados en la megalópolis más grande de América el sol resplandecía y el cielo se pintaba de un azul límpido. Desde las afueras del metro se formaba un comando de policías con escudos anti disturbios y un radar anti revendedores que se activaba ante el menor susurro de “¿necesita boletos güero?”  
 
En la explanada del Foro Sol centenares de vendedores de merchandising del evento pregonaban sus productos a los gritos, como ayudantes de bus tratando de subir pasajeros. La blusa, la manilla, los vinoculares, la capa por si llovía luego de semejante solazo, la cadena, la chamarra, la gorra, el disco, el mameluco para el bebé, la taza… pero no la boleta. Por ningún lado la maldita boleta.
 
Nosotros caminábamos de aquí para allá. Atentos a las señales, preguntándole a ese y a aquel. Y cómo uno ya reconoce a un revendedor a un kilómetro de distancia, al menos en Latinoamérica, bastaba con arrimarnos al gordito que merodeaba evitando bajo su gorra de visera plana el contacto visual con la policía. O a la viejita sin dientes con una bolsa en la mano y un celular en la otra. O al canoso de bigote blanco que se limpiaba los dientes con un papel de punta dura. Hasta que en voz baja, como si no fuera con él, llega la pregunta: “¿boletos güero?”.
 
Before they make me run
 
Después de hablar con varios revendedores, nos dimos cuenta de que la policía se los estaba llevando a ellos y a sus clientes al Torito, un calabozo para infractores de delitos menores en el que pasarían 24 horas, como mínimo. No sólo corríamos el riesgo de quedarnos fuera del concierto, sino de ir a parar ‘al bote’, como le llaman los mexicanos a la prisión.
 
Pero, antes de que nos hicieran correr, apareció la salvación en forma de alemanes. O tal vez a ellos les llegó la salvación en forma de colombianos. Eran Katherin y Dirk, una pareja de inocentes jóvenes teutones tenían tanta idea de hablar español como de lo que ocurría a su alrededor. Muy sonrientes, sostenían un letrero hecho de cartón que decía “vendemos dos boletos”. Eran revendedores extranjeros, turistas trabajando en México; un manjar para los policías.
 
¿Chicos, saben que lo que están haciendo es ilegal y que pueden ir a parar a la cárcel? Les pregunté en inglés. Escondieron el letrero de cartón y nos contaron que estaban vendiendo dos entradas re-revendidas. O sea, las habían comprado a revendedores y por algún motivo ya no iban a usarlas. Su precio original era de 800 pesos el par, ellos las ofrecían en 5000 y finalmente nos las vendieron en 2000. Eran numeradas, una junto a la otra, en todo el frente del escenario.
 
El dinero que faltaba, como hacemos siempre, y como habíamos hecho ocho días antes en el concierto de Iron Maiden en el Palacio de los Deportes, lo reunimos vendiendo postales de nuestro viaje afuera del evento. Sólo una fila nos separaba de la leyenda viva de la música que conduce a su antojo el hilo de nuestras vidas. Estábamos a pocas horas de ver a los Rolling Stones.  
 
 
Let’s spend the night together
 
Tomados de la mano, Lina y yo subimos las gradas de la tribuna hasta que ante nosotros apareció el imponente Foro Sol, escenario de beisbol, carreras de Fórmula 1 y eventos de todo tipo. Ya no estábamos en México, acabábamos de entrar a The Rolling Stones Land, un país de 65 mil habitantes. El mejor lugar del mundo para vivir durante las dos horas siguientes.
 
Los 30 minutos sin pena ni gloria del acto de apertura,  los locales Little Jesus, no merecen más de una línea de letras en ninguna reseña. 
 
Un video de ilustraciones de tradiciones mexicanas atravesadas por lenguas e imágenes retro del cuarteto británico dieron paso al estruendoso “LADIES AND GENTLEMAN, THE ROLLING STONES” que desató la euforia colectiva y convirtió al foro en una muchedumbre con cámaras y teléfonos parpadeando al aire como miles de luciérnagas. El primer riff de Richards convirtió este sueño de infancia en una realidad. Los abuelos del rock n roll estaban frente a nosotros. 
 
Con el paso de los años Lina y yo hemos encontrado el maridaje perfecto para disfrutar nuestra existencia: los viajes y los conciertos de rock.
 
Nos declaramos unos afortunados de haber vivido shows de diferentes categorías en varios países. Pero nada se compara con la experiencia de estar en un concierto en México. Venden y compran de todo, aún adentro, en las graderías. Como niños perdidos buscando a sus padres en la multitud, decenas de vendedores recorren el lugar cargando pizzas, canastas llenas de cerveza, alitas, costillas, pollo, manzanas recubiertas del chile más picante del mundo, helados y esquites (un vaso de maíz desgranado con mayonesa, limón y chile. Una delicia).
 
Los de un lado de la tribuna inician la ola y si los del otro lado no la siguen, no se hace esperar el coro a todo pulmón de “CULEEEEROOOOOS! CULEEEEROOOOOS!”. Un señor sentado atrás nuestro dijo que la ola se la habían inventado en México, en el mundial del 86. Y una señora ya entrada en sus sesentas decía que a sus hijas les gustaba la música Yuri y María Conchita Alonso. “Oyen música para señoras –decía la señora- las canijas esas. No les gusta Bowie ni los Stones. No sé entonces qué es lo que pueden oír”, refunfuñaba.
 
Volvamos a sus majestades. 
 
La seguidilla inicial fue un panzer que recorrió cada una de las 65 mil butacas del foro y aplastó nuestras cabezas. Start me up, en medio de juegos pirotécnicos y una nube espesa de marihuana que se apoderó del recinto, marcó el pitazo inicial de ritual rockero más grande del mundo. Le siguieron Its only rock n roll, Tumbling Dice y la enigmática Out of control extraída del redondo Bridges to Babylon.
 
Ya la banda más antigua del mundo había puesto toda la carne en el asador, y se detuvieron un instante para demostrarnos que lo suyo va más allá de la eterna repetición de lo extraordinario. Durante toda la gira tocaron una canción escogida por el público a través de redes sociales. Mi voto, aún sin saber si iba a poder verlos, fue por Street Fighting Man, compuesta en 1968. La suerte estaba de mi lado y esa fue la elegida de la noche.
 
Mientras Mick, Keith, Charlie y Ronie tocaban la banda sonora de mi vida, yo gritaba una y otra vez que “no lo puedo creer”, que “no lo puedo creer”, que “no lo puedo creer” y que “qué chimba” y que “Lina, en serio no lo puedo creer mi amor”. 
 
Pasaron 10 años antes de que los Rolling Stones regresaran a tierra mexicana y esa noche sonaron a antigüedad, a recuerdo. Porque puede que los Stones no traigan nada nuevo. Simplemente son la perfección de lo viejo. La evocación eterna de la nostalgia. Contundentes en cada detalle, en la conexión con el público, en las bromas actuales de Jagger que los hace mantener vigentes, en su espectáculo pirotécnico y en su constante cambio de vestuario que brinda la ilusión de haber vivido varios shows en el transcurso de dos horas.
 
Después del momento romántico auspiciado por Wild Horses, sonaron las notas orientales de la emblemática Paint it black y su poderosa descarga me llenó de lágrimas.  
 
Los movimientos frenéticos de Mick Jagger a sus 72 años de edad sólo podrían explicarse como un milagro hecho por nuestro señor todo poderoso el Rock N Roll. Al comando del inoxidable cuarteto británico, Sir Jagger corrió, saltó, contoneó su espigada figura y convulsionó en las 18 canciones que tocó junto a sus compañeros. Juntos suman 286 años de edad, de los cuales han pasado más de 50 grabando,  llenando estadios en todo el mundo y viviendo una innombrable cantidad de excesos y vicios. Aun así, su vitalidad es de atletas, su entrega y profesionalismo es la de cuatro jóvenes que se quieren comer el mundo. Pero ellos ya se lo tragaron con su gran boca roja de lengua afuera. Los amamos, y ellos lo saben.
 
Personalmente creo que, tras la muerte de Lemmy Kilmister de Motorhead, si el rock n roll tuviera forma de carne y hueso, si se materializara en un humano, esta persona sería Keith Richards. Y así lo demostró llegado su turno al micrófono para interpretar You got the silver extraída del fabuloso Let it bleed y que aparece en la película Zabrieskie Point de Michelangelo Antonioni. El romance de esa voz whyskera  y esa cabellera blanca con los manitos siguió con Before they make me run y las ovaciones de las 65 mil almas entregadas a estos dioses de roca ensordecieron al Foro Sol.
 
Al momento de las presentaciones, Jagger introdujo a sus tres cómplices de carrera y al magnífico equipo de músicos virtuosos que los acompañan a hacer de las suyas desde la retaguardia. Entre ellos nos alegró reconocer a Bernard Fowler en los coros y a Darryl Jones castigando las cuerdas del bajo. A ambos los habíamos tenido en frente en los dos conciertos que la súper banda The Dead Daisies había dado en La Habana en febrero de 2015.
 
Mis lágrimas hicieron su aparición nuevamente con mi favorita entre todas, Gimme Shelter, en la que tomó protagonismo la actriz y cantante Sasha Allen con su vozarrón que atraviesa el corazón y se sale por la piel en forma de poros erizados. En un performance de jugueteos y seducción con el jefe, este tándem de voces reivindicó en México la raza precursora del blues, en tiempos en que  una porción significativa de los vecinos del norte aprueban la construcción de un muro que les impida la entrada a los mexicanos y los aleje del lixiviado de sus miserias. Gimme shelter no ha perdido vigencia en este mundo que arde en llamas y en el que el futuro de la raza humana parece estar a un disparo de distancia. ‘It’s just a shot away’.
 
Midnight Rambler y Miss you fueron una cátedra de música e improvisación de más de diez minutos cada una. Un lujo que sólo los reyes pueden darse para lucirse ante su séquito.
Luego todo se tiñó de rojo. La noche mágica se tornó diabólica con los acordes de Sympathy for de devil y las enormes pantallas proyectaron pentagramas, tribales, mandalas y la cara del mismísimo diablo. Jagger, enfundado en un saco de terciopelo escarlata, entonaba una de las letras más inteligentes que se han escrito en la historia del rock, que cuenta como el bajísimo ha servido de excusa para justificar célebres aberraciones que marcaron la historia de la humanidad.
 
Estos cuatro ancianos conquistaron la cima a la que cualquier rockero quisiera escalar, y ese día conquistaban con su vitalidad al público mexicano que coreaba sin parar “olé, olé, oleee, Stooones, Stooones. El mismo Olé que enamoró a los Rolling en su primera visita a Latinoamérica en 1995 y que en 2016 eligieron como nombre para bautizar su gira.
 
El colofón de la noche vino con un coro de niños mexicanos entonando You can’t always get what you want y Satisfaction (I can’t get no) cerrando con broche de oro, un nuevo despliegue de pirotecnia y los cuatro abuelos abrazados a su banda para hacerle una venia a su público extasiado. 
 
DÍA II
 
(En resumen)
 
Pocas cosas me han causado tanta alegría y me han hecho sentir más vivo que repetir los conciertos de mis bandas favoritas. El recuerdo más fresco databa de tres años atrás, cuando viajamos a ver a Black Sabbath en la cancha de Estudiantes, en La Plata, Argentina, y ocho días después repetimos en Bogotá. En honor a la felicidad que sólo esas experiencias pueden dejarnos, estábamos obligados a volver a ver a los Rolling Stones. Y allá estuvimos. Sin boleta, nuevamente.
 
Para no hacer más larga la historia, basta con decir que ese día los operativos policiales fueron muy laxos, que los revendedores estaban a sus anchas y que los precios eran como si a la tarima estuviesen invitados Fredy Mercury y Jimmy Hendrix. Esa vez anduvimos casi seis horas sin descansar ni un solo minuto tratando de hacernos a dos entradas, así fueran en el techo. De nuevo vendimos postales y hablamos con mucha gente. Y por un momento casi entramos. Una chica nos intentó vender unos tiquetes impresos en una hoja de papel y nos acompañó con ellos hasta la entrada. Si pasábamos pagábamos. Pero no pasamos. 
 
Y cuando las esperanzas se diluían ante el sonido de las canciones del telonero que se escuchaban hasta afuera, apareció un chico de la nada diciendo: “chavos ¿necesitan boletos? Iba a venir con dos personas y me cancelaron. Los compré desde noviembre y se los vendo a precio de taquilla”. Y listo. Una vez más salíamos protegidos por la coraza inverosímil que reviste nuestra suerte. Los dioses del rock chasquearon sus dedos para que acudiéramos a venerarlos una vez más. 1200 pesos, cerca de 60 dólares, cerraron la transacción y corrimos a buscar nuestros lugares.
 
Para el segundo show las variaciones fueron pocas pero suficientes para sentir que el reencuentro valía la pena aún con los oídos atravesados por las notas de la velada anterior. El primer puñetazo de la noche lo asestaron con Jumpin Jack Flash, del álbum Beggars Banquet, para seguir con Its Only Rock N Roll y Tumbling Dice. El momento romántico vino por cuenta de Angie, en reemplazo de Wild horses y la elegida del público fue la orgásmica Let’s Spend the night together, que salió ganadora por votos en las redes, entre ellos el de Lina, en una dificilísima elección contra sus rivales She’s a rainbow, Let it Bleed y Shine a light. Happy fue cantada por Richards en lugar de Before they make run y se la dedicó a su esposa, quien festejaba su cumpleaños en la mágica velada. 
 
Los chistes del frontman no se hicieron esperar. 
 
- “Quiero invitarlos a un concierto muy importante aquí la próxima semana” (Pensé: van a tocar gratis en el zócalo de la ciudad, como se rumoraba). 
- “Se trata de Roger Waters The Wall” (Pensé: wow, que suerte tener a Waters y su muro aquí en México). 
- “Será presentado por Donald Trump” (El recinto fue una sola carcajada)
 
Satisfaction
 
Cansados pero muy felices, como el estudiante de arquitectura que no durmió dos días pero alcanzó a entregar su maqueta, salimos del foro surfeando sobre la marea de gente que corría despavorida para alcanzar el metro o el último camión. Entre los gritos de los vendedores todo parecía igual, la vida seguía siendo la misma, en apariencia. Pero en esos dos días algo había cambiado.
 
Tal vez algo era distinto para las 130 mil almas que esa semana habíamos vibrado con el show de rock más grande de planeta. O al  menos para mí, que acababa de vivir la dupla de conciertos más impresionante de mis 32 años, 20 de los cuales he consagrado con devoción religiosa a la mejor música del mundo. 
 
No me cabe la menor duda: Quiero llegar a viejo con la vitalidad de un Rolling Stone; dando vueltas por el mundo y con el rock como estandarte ante la vida.
Salve oh majestuoso rock n roll.
 
Larga vida a The Rolling Stones.
 
Por Andrés Felipe Álvarez Henao
 
rolling stones Concierto México viajes