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"Gracias, Rolling Stones, gracias para siempre"

Música - Marzo 11 de 2016, 7:15 pm
Mick Jagger actuó como si estuviera apenas al inicio de su carrera. Foto: AFP

Un fanático que estuvo en el concierto cuenta lo que vio y lo que, para él, significó ver en vivo a una de sus bandas favoritas.

Los Rolling Stones patearon el tablero de juego durante su concierto en Colombia. Sus ‘majestades satánicas’ se vieron tan frescos y aún tan enamorados del rock and roll que pareció que apenas estuvieran empezando su carrera y no que estuvieran cumpliendo 54 años seguidos de estar juntos, rodando como piedras por el planeta entero.

La primera presentación de la banda más antigua del mundo en Colombia estuvo marcada por el cuasi inhumano entusiasmo de los músicos, en especial Mick Jagger, el legendario ‘frontman’ que pareció no sufrir los efectos de los 2.600 metros de altura de Bogotá o el cansancio de la gira ‘Olé’, que llevó a los Stones a Chile, Perú, Argentina y Brasil antes de, finalmente, llegar a este país.

Jagger, sin duda, fue en gran parte el alma del show: habló en español, bromeó sobre la oblea que se comió en la Plaza de Bolívar dos días antes del concierto y no faltaron sus movimientos extrañamente seductores de baile, que han sido parte de su marca por décadas y que sigue exigiendo a su cuerpo que haga.

El toque de los británicos empezó sin un minuto de retraso a las 8:30 de la noche. Luego de los juegos pirotécnicos que iluminaron el estadio El Campín, donde momentos antes los colombianos Diamante Eléctrico prepararon a los casi 50.000 asistentes para el plato fuerte, una voz gritó a todo pulmón "The Rolling Stones”, lo que llevó a un estallido de gritos y aplausos que no pudo ahogar la guitarra de Keith Richards que arrancó con Jumpin’ Jack Flash.

Esa fue la primera sorpresa de la noche. Durante toda la gira ‘Olé’ la patada de inició fue Start me up, así que de entrada parecía que el show en Colombia iba a ser especial, uno de esos que solo se vive una vez.

Y enseguida Mick Jagger (como si tuviera que hacerlo) se ganó al público con un saludo en español muy, muy fluido. “Hola Colombia, hola rolos”, dijo el líder de la banda para recibir una ovación ensordecedora del público y disparar una rápida versión de It’s only rock ‘n’ roll.

Para ese momento y con apenas dos canciones, el de los Stones ya se perfilaba como uno de los conciertos más glorioso a los que he asistido jamás: si Jagger, Richards, Wood y Watts estaban cansados, hambrientos, borrachos o, incluso, hastiados de sí mismo luego de meses juntos en la carretera, nada dio pistas sobre eso. Su camaradería, complicidad y coordinación en el escenario saltaban a la vista y daba la sensación de ver a un grupo de buenos amigos pasándola bien y no una banda obligada a cumplir las fechas de una gira.

El cantante y el tándem de guitarristas devoraron el escenario, corriendo, bailando, agitando a las masas que coreaban cada canción y que jugaban a repetir cada palabra o sonido que a Jagger se le viniera a la cabeza. 

Entre las canciones, Jagger hablaba en español e hizo alarde de un humor basado en la irreverencia, que es una de las marcas de los Rolling Stones desde 1962, cuando tomaron una canción del ‘bluesman’ Muddy Waters para bautizar a su banda de ‘chicos malos’, que fueron la contraparte de los buenos Beatles durante los años 60 y 70.

"El grupo ha ayudado durante muchos años a la economía colombiana”, dijo un pícaro Jagger que seguía hablando español,  para después hacer una pequeña pausa en la que el público río y aplaudió, y enseguida aclaró que se refería a que el guitarrista Ronnie Wood “todavía consume ocho cafés colombianos diarios", para terminar de hacer reír a los asistentes y probar que eso de los tabús no es algo que aplique para él.

También bromeó sobre tener “mucho guayabo” por haber tomado demasiado aguardiente y no dejó pasar la anécdota de la oblea que compró por $10.000 en el centro de Bogotá.

Lo que siguió fue Dead Flowers, que fue la elegida del público y después la bomba de la noche. Jagger, que trató de hablar más en español que en inglés, presentó a un invitado especial, “alguien a quien queremos mucho, el parcero Juanes”, que los acompañó en guitarra y coros en Beast of Burden.

Y luego se despacharon con Wild Horses, “para los colombianos románticos” como anunció Jagger antes de que, guitarra acústica en mano, tocara uno de sus clásicos más sonados. Luego no hubo más tiempo para baladas porque enseguida tronó Paint it Black, para aumentar el éxtasis de casi todos los asistentes que no esperaban una seguidilla de clásicos tan contundente. 

Keith Richards, quien fue uno de los Stones más aplaudidos, tuvo su momento cuando Mick Jagger dejó el escenario para darle espacio a You Got the Silver y Before They Make Run, ambas cantadas por el mítico guitarrista que se veía sonriente y feliz, tocando complicados acordes de rock y blues con el mismo esfuerzo que requiere masticar chicle.

Al regreso de Jagger al escenario, pareció recargado con una energía mística. Con una harmónica marcó el inicio de Midnight Rambler, al que se fueron sumando Richards, Woods y Watt. El inicio lento fue aumentando en revoluciones y el espíritu del viejo rock ‘n’ roll tomó posesión de un Mick Jagger que actuaba como si sus 72 años fueran apenas su adolescencia, saltando, bailando, animando al público a cantar con él.

Y como si los 54 años que la banda lleva junta no fuera prueba suficiente de que son unidos como hermanos, él y Keith Richards se enfrascaron en un diálogo voz-guitarra tan contagioso que pronto la gente empezó a imitarlos. A Jagger, divertido como un gato con una bola de lana, le gustó el juego y con un escenario iluminado completamente con luz azul, improvisó sonidos y coros para que El Campín lo siguiera.

Luego, el blues del que la banda bebió en sus inicios, se tomó la canción. Como si fueran un grupo de jazz, cada uno improvisó una parte con sus instrumentos, dejando, de momento, a Midnight Rambler de lado y demostrando con su arte por qué los Rolling Stones es la banda que las demás bandas escuchan para saber, de verdad, qué es el rock ‘n’ roll.

Para este punto, parecía que nada podría ser mejor en este concierto. Ya había pasado una hora y dentro de la bolsa aún quedaban canciones que no podían faltar, así que afloraba esa agridulce sensación de querer más, pero al tiempo rogar que no acabe. 

Llegó entonces uno de los momentos más épicos en un evento que parecía no poder superarse a sí mismo. Gimme Shelter fue la oportunidad de que los otros músicos que acompañan a la banda en su gira mostraran de qué madera están hechos. Sasha Allen, quien participó del reality musical The Voice, en Estados Unidos, puso la nota asombrosa al paralizar al Campín con su voz tan fuerte como un huracán. Sus alaridos que rozaban en lo sobrenatural, estaban cargados de electricidad y poder. No había más que bocas abiertas en el público.

Junto a Jagger, con quién desplegó una química contagiosa en el escenario, llevaron la emoción al paroxismo, al punto irreversible del llanto, al menos para mí. 

Sympathy for the Devil, que vino después de Start me Up, fue otro momento cumbre. Mick Jagger enfundado en un enorme abrigo desde los hombros hasta los tobillos, repitiendo incansable el ‘woo woo’ que da inicio a la canción parecía, de verdad, ese personaje sobre el que él canta: un misterioso, elegante Lucifer, responsable de toda la maldad del mundo.

Jagger, crecido, enorme, bañado por las luces rojas que dibujaban pentagramas en las pantallas, parecía de verdad ese demonio que debió haber creado el rock cuando el mundo aún era joven. 

Esa es la magia de los Rolling Stones: dentro aún son unos chicos malos, rebeldes y contestatarios, por dentro no son los abuelos del rock ‘n’ roll, por dentro son aún la respuesta a la cultura autoritaria, a la pasividad de la vida de oficina y aún son el símbolo de las bandas que llenan estadios, igual que ocurrió en los años 80 y 90.

El epílogo del encuentro entre Colombia y los Stones fueron You can’t always get what you want y Satisfaction, dejando al público, una vez más, al borde del éxtasis.

Yo tuve que esperar fuera por dos horas en una fila escoltada por la lluvia. Sentí la ira que provoca la mala organización y el desorden, pero al final, exhausto, mojado y adolorido supe que acaba de ser testigo de la historia escribiéndose. 

Y supe que aunque pasen los años, aunque haya álbumes más comerciales que artísticos, que pese a internet y el inevitable paso del tiempo y la llegada del olvido, los Rolling Stones son una banda que vive de ser honesta, pura, que aún disfruta de hacer arte y entretener a sus públicos, hablen el idioma que hablen, vivan en la esquina del mundo en la que vivan.

A las 10:45 de la noche del jueves 10 de marzo del 2016 supe que en adelante en mi vida nada sería igual y, entonces sonreí mientras buscaba la forma de regresar a casa y me marché feliz repitiendo en mi mente “gracias, Stones, gracias para siempre”.  

Adolfo Ochoa Moyano / NoticiasRCN.com

 
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